Eran ya las tres de la tarde. Con suerte nos quedarían cuatro horas de sol. Me giré hacia Kasey y le dije que me hacía mucha gracia que incluso el pueblo más pequeño del condado tuviese un recinto vallado al que llamaran aeropuerto, generalmente con un pequeño helicóptero resguardado bajo las ramas invasoras de los árboles del cercano pantano, generalmente con algún motor de avión medio desguazado como único símbolo de que hubiese existido alguna vez algún tipo de actividad.
Ella soltó una carcajada mientras su viejo pick-up volvía a brincar cual caballo bravo. Una piedra, quizás, o una tortuga despistada salida de los Everglades, como ya había comprobado que ocurría con cierta regularidad. Kasey no había soltado ninguna maldición sobre la posibilidad de que el caparazón le hubiese hecho polvo la transmisión al camión, así que asumí que aunque mi espalda no estuviese de acuerdo no se trataba de nada importante. Verás, me dijo sacándome de mi estúpido diálogo interno, generalmente las pistas de aterrizaje están hechas de grass, de césped, de hierba. No sabía yo eso, respondí algo confundido. Ella sonrió de nuevo. Bueno, al menos aquí. Sabes que por aquí la vegetación crece sin control y sin necesidad de ayuda humana. Una pista de aterrizaje de césped es una pista que no necesita mantenimiento. No es como el asfalto, ni tan siquiera como la tierra prensada. Si le haces un agujero, se tapa él solo en cuestión de días. Aunque tampoco me hagas mucho caso, me dijo con media sonrisa, que no soy piloto.
¿Y el aeropuerto al que vamos es así? Ahora ella dudó. Verás, me dijo, lo llamamos "el aeropuerto" pero hace ya años que no lo es. Durante los ochenta el dueño de las tierras, un mejicano, tenía una pista de hierba sin cultivar, justo al lado de un depósito de agua. ¿Ese de ahí?, pregunté. No, aún nos quedan unas cuantas millas para llegar. Asentí y me recosté en el asiento. Era lo mejor que podía hacer para evitar un latigazo cervical si el camión volvía a decidir volar por los aires. Ella continuó, con su mano izquierda en el volante y sosteniendo el vaso de té dulce con la derecha, visiblemente irritada por no poder alcanzar el medio paquete de tabaco que llevaba en el bolsillo de su camisa sin tener que soltar uno de los dos. Mi padre solía decir que en el aeropuerto aterrizaban todo tipo de avionetas civiles, sobre todo por la noche. El abuelo Pete, que había sido un rumrunner de joven, juraba que había visto una avioneta despegar a plena luz del día con... ¿Tu abuelo fue un contrabandista?, interferí. No, no, el abuelo de mi padre, que murió hace un par de años; solía llevar alcohol de contrabando hasta New Jersey metido dentro de, no te rías, cajas de pescado. Eran los tiempos en los que el contrabandista aún era un héroe romántico. En los ochenta eso ya era historia pasada, claro. Tenías a mejicanos, tahitianos, colombianos y vete a saber quién más desesperados por repartirse el enorme pastel del tráfico de cocaína. Ya sabes que Pablo Escobar gastaba miles de dólares mensuales sólo en gomas elásticas para poder empaquetar sus narcodólares. Ese era el tipo de gente que usaba el aeropuerto. Vaya, respondí.
Habíamos abandonado la interestatal y nos habíamos adentrado por una amplia pista de tierra, aunque según el cartel a la derecha del camino era un "boulevard". Ahora el camión se agitaba de lado a lado como si estuviese poseído, y tuve que agarrarme al borde de mi asiento e intentar aparentar que la situación no me incomodaba. Pensarás que esa gente es auténtica escoria, ¿verdad?, gritó Kasey por encima del estruendo del motor y la gravilla. Me callé esperando a que continuara. No quería meter la pata. Pues verás, hace unos diez años el dueño de la granja que estamos atravesando le compró esas tierras al mejicano, aeropuerto incluído, para cultivar... ¿cómo lo llamáis vosotros?, regadíos, ¿no? Asentí levemente. Unos meses después decidieron desmontar la torre de agua, que por entonces era más peligrosa que útil y, ¿sabes lo que encontró la cuadrilla dentro de la torre? Cientos de dólares dentro de bolsas de basura. No una bolsa, no, sino una veintena. Nadie se podía explicar qué demonios significaba eso. El dueño llamó inmediatamente a la policía, mi padre incluído, y ellos lo entendieron en cuanto lo vieron. Resulta que no era la primera vez que veían algo parecido en el condado. El mejicano alquilaba la pista a narcotraficantes, sí, pero no era tan loco como para quedarse allí a cobrar. El aeropuerto funcionaba por un sistema de buena voluntad, lo creas o no. Los narcos, o más bien los lugareños a los que habían contratado, hacían sus negocios allí y dejaban dentro de la torre de agua el dinero que consideraban adecuado. ¿Qué te parece? Me quedé un rato mirando al infinito horizonte y repuse: me parece que siempre le pagaban bien, ya que así se aseguraban de que no le diría nada a nadie; no es mal sistema. Ella se volvió a reir. Claro, y cuando la gran fiesta de la coca se acabó vendió la torre y se fue a... bueno, imagino que a cocinar meth como el resto de su generación. Pero los narcos siguieron usando el aeropuerto por la noche y siguieron dejando la propina en la torre. Para el nuevo dueño.
Solté una risita. Increíble. ¿Y el nuevo dueño se lo dijo a la policía así sin más? Imagino que se lo pensaría bastante, dijo ella asintiendo, pero para entonces el espectro de los narcotraficantes era ya pasado. Miami Vice era una serie de época, ya me entiendes. Asentí. Tras dudarlo un par de segundos solté la frase que estaba evitando desde hacía horas atrás. ¿Y esto cómo me va a ayudar a encontrar a mi padre?
11 mar 2014
Niño gordo
El niño gordo vuelve a casa llorando y sangrando por la nariz. Su madre, asustada, corre a abrazarle y a cubrirle de cariño. Horas más tarde, su padre enfila su Opel Vectra calle abajo y sin siquiera pestañear atropella a un niño que corre. Desciende del vehículo, gato hidráulico en mano, y golpea al caído muchacho hasta que este deja de gemir. Después recupera del cuerpo inerte del ladronzuelo de barrio una Nintendo 3DS que, aunque empapada en sangre y heces, por suerte aún funciona.
Al caer la noche el padre vuelve a casa y, sorprendido, pregunta: "¿Niño, qué te ha pasado en la nariz?".
Versión alternativa de texto aparecido en el perfil de Facebook de Homo Velamine
Versión alternativa de texto aparecido en el perfil de Facebook de Homo Velamine
La chica de los puños cerrados, diez años después
Hace diez años escribía esto. Es un texto melancólico, como todo lo que solía escribir años atrás, y excesivamente sentimental. Es un texto, no os voy a engañar, que no me gusta. La mujer a la que este texto iba dirigido dejó de ser parte de mi vida hace bastante tiempo, tras una serie de desencuentros que me dejó convertido en una especie de títere sin cuerdas o más bien en un gilipollas sin rumbo. A veces, cuando buceo en el pasado por razones diversas, me encuentro artefactos de esa relación en ruinas, testigos de una historia protagonizada por una persona extraña que me cuesta creer que realmente existiese. Sobra decir que esa persona extraña que encuentro en esos artefactos no es mi antigua pareja, soy yo. Por suerte, hoy en día hay otra persona a mi lado, alguien que me hace dudar de que siquiera ponerle a esa historia la etiqueta "relación" tenga algún mérito. Nunca viene mal algo de perspectiva...
Lo siento mucho, amor, pero hoy no me veo capaz de hablar de tí. Hoy es un día de dolor, de sangre y dolor. La noticia con la que muchos nos hemos levantado me ha revuelto el estómago y me ha hecho sentirme avergonzado una vez más de ser humano. Y es algo que cada vez me ocurre más a menudo.
Lo siento mucho, amor, pero hoy no creo que deba contar al público lo que ya saben sobre mí y sobre tí. Y aún así sé que no debemos centrarnos en la catástrofe. Para intentar no fijarnos sólo en todo lo malo que ha ocurrido en el día. Para sacar la cabeza, para seguir andando, para nadar contra corriente pase lo que pase, para reírnos del destino mientras tiramos copas de champán contra la pared, para bordar el sprint tras el sprint, para recordar que la felicidad nunca es algo unilateral, para cerrar los ojos y respirar... Ugh...
Hoy me siento mal...
Verás, te voy a ser sincero. Esta mañana, a eso de las once, yo estaba sentado en las escaleras traseras de la nueva escuela. Creo que no la has visto todavía, ¿verdad? Habíamos ido a hablar con la subidrectora sobre la revista y nos habíamos encontrado con que en su despacho sólo estaba la becaria chateando (esa becaria llamada Mimito, ¿recuerdas?). Así que J y yo estábamos sentados frente a la autopista, junto al parking, viendo pasar los minutos y acercarse la tarde, algo frustrados y sin ganas de irnos ya a casa. Todo estaba en calma. Los pájaros piaban, la brisa hacía olas en los campos de panizo, unos pocos camiones pasaban por la A2, el sol brillaba, una Coca-Cola Light caliente languidecía a mi lado, yo me sentía tan bohemio y atractivo como de costumbre, J se liaba tranquilamente un petardo mientras me contaba sus planes para el fin de semana, la rubia de rizos me sonreía al pasar frente a mí y yo mascullaba algún piropo por pura cortesía. El mundo era redondo, redondo y pulido.
Yo pensaba en ti mientras J desgranaba sus planes. Pensaba en tus enormes ojos embriagados, en tus frías y esquivas manos, en tu mohín de agobio cuando hablabas por teléfono con tu hermana, en tu suspiro tembloroso cuando te acariciaba la nuca con la yema del dedo índice, en tu voz titubeante cuando me susurrabas 'imbécil' con una sonrisa nerviosa, en tu divertida furia cuando me acusaste de haberte engañado respecto al autobús, en los esfuerzos que tuve que hacer para no morderte los labios en ese momento y en muchos otros... y yo estaba sonriendo. Sonreía, mi amor.
Y entonces ha salido por la puerta una chica, llorando, apretando los puños y los dientes, corriendo en dirección a un coche del parking. Sólo yo he visto sus lágrimas.
Me he levantado y me he fijado en toda la gente que había reunida allí, junto a las puertas abiertas del coche, escuchando la radio... y llorando, maldiciendo, murmurando. Quince personas, tal vez. J me ha comentado cómo se había enterado de la tragedia mientras escuchaba la radio viniendo hacia el barrio. Yo le he respondido que mi madre me lo había contado por teléfono unas horas antes y que había desayunado viendo las imágenes con cierto desapasionamiento. He recordado esa mañana tan lejana en la que el ruido de la explosion junto a la casa-cuartel de Zaragoza me despertó bruscamente de mi sueño. Y he dejado de sonreír.
La chica llorando me ha destrozado todo, mi amor. Durante unos segundos, cierto: no voy a decirte que me ha estropeado el día, pero me ha sacudido violentamente. He vuelto a ver el mundo redondo pero ya no pulido sino fragmentado, descascarillado y salpicado de ruinas.
No se puede sentir desapasionamiento ante algo así. Yo no puedo, ni quiero. Anoche me dijiste que no te creías lo de mi supuesta frialdad. Felicidades, cariño; tenías razón. Y eso significa que no renuncio ni a pulir el mundo ni a luchar por quienes quiero. Yo no voy a enfriarme, amor. ¿Y tú?
En efecto...
Al final he acabado hablando de tí...
7 mar 2014
Sólo un poco
Cerraré los ojos
esta noche.
Y quizás,
sólo quizás,
me permita creer
que la guerra ha acabado.
Dejaré que amarte me defina
sólo un poco.
esta noche.
Y quizás,
sólo quizás,
me permita creer
que la guerra ha acabado.
Dejaré que amarte me defina
sólo un poco.
6 mar 2014
El escritor autodestructivo
Complicada es la vida del escritor que sólo es capaz de hacerlo desde sus entrañas. El artista, el esteta, el ingeniero de la palabra: ese es el afortunado. ¿Qué hace el escritor primario, el escritor que necesita sentir como si una entidad le poseyera o la musa le violara, cuando el verbo no fluye? ¿Cómo escribe cuando su interior es plácido y su vida feliz? ¿Cómo contacta con su lado más oscuro y vuelve a escupir sobre la página? ¿Pretende estar desesperado? ¿Se engaña a sí mismo hasta ese punto sólo por ser capaz de volver a escribir? ¿Llega su anquilosamiento hasta el nivel de que desea volver a vivir en desgracia y añora el dolor?
¿O simplemente deja de escribir?
Creo que el auténtico escritor es el que no tiene clara la respuesta a este dilema, o quizás sea el que opta por la primera opción sin dudarlo. No creo que lo sepa nunca.
¿O simplemente deja de escribir?
Creo que el auténtico escritor es el que no tiene clara la respuesta a este dilema, o quizás sea el que opta por la primera opción sin dudarlo. No creo que lo sepa nunca.
2 feb 2014
La ciencia y yo
Hay poquitas cosas más arrogantes que intentar explicar la visión del mundo que uno tiene e intentar hacerlo con palabras simples. Lo acepto, pero realmente no me importa demasiado. No me gusta ser obtuso. Me gusta ser claro y que se me entienda, me gusta compartir un lenguaje común con aquellos a los que me dirijo, y eso es en parte gracias a mi formación científica. Aunque realmente la ciencia y yo siempre hemos tenido una relación de amor-odio bastante compleja, y ese es buen lugar por el que comenzar.
Cuando era niño y vivía en ese lugar mítico llamado "los ochenta", que ahora todos recordamos con nostalgia pero que realmente era bastante gris y anodino, yo tenía la cabeza en las estrellas, supongo que como todos. Pero mis estrellas eran las del cielo y no las del fútbol o el celuloide: mis ídolos no eran David Bowie o Fernando Hierro sino gente con nombres como Niels Bohr o Galileo Galilei cuyos rostros sólo había visto en blanco y negro. Mis ídolos pop, mis ídolos basura, mis ídolos de pies de barro, todos esos no llegaron hasta la adolescencia y al principio fueron meramente maneras que tuve de intentar integrarme en el grupo poniéndome camisetas de Nirvana como quien se pinta colores tribales en la cara. Pero antes de que el mundo me golpeara con su torrente de ideas yo era el niño superdotado prototípo, mucho más interesado en recoger muestras que poder analizar en el microscopio que en jugar a policías y ladrones (y cuando lo hacía siempre me pedía el papel de médico forense). Devoraba tomos de enciclopedia a la vez que los tebeos. Leía libros en lugar de jugar al fútbol. No exagero. Mis profesores no sabían qué hacer conmigo, y mis padres tampoco lo tenían demasiado claro. Nadie podía imaginar que mi vida no fuese a acabar en un laboratorio o tras el podio de un aula. Imaginaban que dejándome suelto encontraría el camino hacia el éxito académico. Nadie me conocía realmente, por supuesto. Mi desbordante imaginación, que siempre había sido mi principal rasgo aún por encima de la sed de saber, siempre parecía estar opuesta a lo que leía en los libros de estudio, y eso me desconcertaba enormemente.
(Me doy cuenta ahora de que parezco estar escribiendo unas memorias, y me siento ridículo, pero ya he empezado y es demasiado tarde para detenerme.)
La primera carrera que abandoné, sin ir más lejos, fue Ciencias Físicas. Una carrera monolítica, con sólo cuatro asignaturas y meses con días de diez horas de trabajo entre clase y laboratorio, que me pilló en un delicado momento en el que la alta energía que más me interesaba era la sexual. Aunque aún amaba la ciencia, no pude con la universidad. Todo en mí se rebelaba contra el absurdo método de aprendizaje que intentaban aplicar sobre mí, sobre una persona que jamás había logrado enfocarse en nada concreto, que siempre había sido bueno en todo, y a quien no supieron reconducir hacia un objetivo. Puede sonar arrogante decir que el sistema educativo me falló, pero creo que nos fallamos mutuamente. Fue la primera vez en mi vida que tiré la toalla, una espina que sigo teniendo clavada. Pero fue en ese año perdido, sin embargo, en el que conocí a un hombre que me explicó detalladamente delante de un par de cafés su visión de que el método científico era meramente una herramienta y que la ciencia no era más que un modelo mediante el que intentar entender el mundo, y que elevarlas a nada más que eso era convertirlas en una mera creencia y pervertir por completo la razón por la que las habíamos creado. Me dijo que estábamos de pie en los hombros de gigantes, de cientos de científicos que habían contribuido al conocimiento humano, y que reducir este conocimiento a mero panfleto o a colección de versículos era un acto simplemente criminal. Este señor, por cierto, era el condecoradísimo y excelentísimo rector de la Facultad de Ciencias, y mentiría si no dijese que sus palabras no tuvieron un efecto perturbador en mi concepción del mundo.
Realmente aún era un niño que apenas había vivido, y como tal no pude entender a qué se refería el señor rector. Tarde mucho en conocer a los sacerdotes de la ciencia, pero fue entonces cuando las palabras del rector por fin encajaron. Muchos de ellos habían abrazado el racionalismo y el método científico como violenta oposición a la religión cristiana que había imperado en sus vidas, algunos de una manera enfermiza que me recordaba incómodamente al desdén que había visto en la iglesia hacia los no creyentes. Todos ellos eran en cierto modo disminuidos, casi personas, incapaces de ver el mundo sin otro cristal que no fuese el hipotético-deductivo al que habían dedicado sus vidas, incapaces de ver el arte o la belleza más allá de la supersimetría o del equilibrio matemático. Ignoraban todo aquello que no pudiese ser demostrable empíricamente y con ello ignoraban gran parte de la existencia humana. Todos ellos, en el fondo, eran presa del intelectualismo como método de departamentalización: la creencia en ser parte de una élite inalcanzable en lugar de la creencia en la necesidad de ampliar los límites de dicha élite educando y enseñando.
Estas personas me confundían mucho. Ellos, que habían terminado sus estudios, me parecían mucho más capacitados para decidir qué era la ciencia que yo (y aún ahora les veo entornando los ojos y diciendo "la ciencia es lo que es", como quien dice "alea jacta est" o "Dios proveerá"). No los podía diferenciar de los sacerdotes que había tenido que sufrir de niño y aquello me aterró. Perdí un poco el norte, no os voy a mentir: durante un tiempo realicé rituales mágicos sobre glifos, utilicé energía tántrica para cargar conjuros y me empapé de las filosofías más marginales que pude encontrar, cambiando toda mi perspectiva sobre el mundo cada pocos días. Era lo único que parecía tener sentido: no podía seguir adelante sin tener un modelo, una brújula, y no la encontraba. No todo fue tan extremo, por supuesto: aprendí a hablar con la gente y a disfrutar del arte y descubrí con humildad lo mucho que esos ídolos pop de mi juventud le habían dado al mundo. Tras atravesar ese terrorífico crisol por fin pude alcanzar mi modelo del mundo actual, que me gustaría decir que es equilibrado pero que probablemente sea más bien esquizofrénico: aún tengo a la razón como mi guía, aún confío en una visión científica del mundo, pero intento evitar que me impida detenerme a ver la belleza de lo irracional y, sobre todo, intento evitar que me haga creerme superior a nadie.
Fallo a menudo.
Cuando era niño y vivía en ese lugar mítico llamado "los ochenta", que ahora todos recordamos con nostalgia pero que realmente era bastante gris y anodino, yo tenía la cabeza en las estrellas, supongo que como todos. Pero mis estrellas eran las del cielo y no las del fútbol o el celuloide: mis ídolos no eran David Bowie o Fernando Hierro sino gente con nombres como Niels Bohr o Galileo Galilei cuyos rostros sólo había visto en blanco y negro. Mis ídolos pop, mis ídolos basura, mis ídolos de pies de barro, todos esos no llegaron hasta la adolescencia y al principio fueron meramente maneras que tuve de intentar integrarme en el grupo poniéndome camisetas de Nirvana como quien se pinta colores tribales en la cara. Pero antes de que el mundo me golpeara con su torrente de ideas yo era el niño superdotado prototípo, mucho más interesado en recoger muestras que poder analizar en el microscopio que en jugar a policías y ladrones (y cuando lo hacía siempre me pedía el papel de médico forense). Devoraba tomos de enciclopedia a la vez que los tebeos. Leía libros en lugar de jugar al fútbol. No exagero. Mis profesores no sabían qué hacer conmigo, y mis padres tampoco lo tenían demasiado claro. Nadie podía imaginar que mi vida no fuese a acabar en un laboratorio o tras el podio de un aula. Imaginaban que dejándome suelto encontraría el camino hacia el éxito académico. Nadie me conocía realmente, por supuesto. Mi desbordante imaginación, que siempre había sido mi principal rasgo aún por encima de la sed de saber, siempre parecía estar opuesta a lo que leía en los libros de estudio, y eso me desconcertaba enormemente.
(Me doy cuenta ahora de que parezco estar escribiendo unas memorias, y me siento ridículo, pero ya he empezado y es demasiado tarde para detenerme.)
La primera carrera que abandoné, sin ir más lejos, fue Ciencias Físicas. Una carrera monolítica, con sólo cuatro asignaturas y meses con días de diez horas de trabajo entre clase y laboratorio, que me pilló en un delicado momento en el que la alta energía que más me interesaba era la sexual. Aunque aún amaba la ciencia, no pude con la universidad. Todo en mí se rebelaba contra el absurdo método de aprendizaje que intentaban aplicar sobre mí, sobre una persona que jamás había logrado enfocarse en nada concreto, que siempre había sido bueno en todo, y a quien no supieron reconducir hacia un objetivo. Puede sonar arrogante decir que el sistema educativo me falló, pero creo que nos fallamos mutuamente. Fue la primera vez en mi vida que tiré la toalla, una espina que sigo teniendo clavada. Pero fue en ese año perdido, sin embargo, en el que conocí a un hombre que me explicó detalladamente delante de un par de cafés su visión de que el método científico era meramente una herramienta y que la ciencia no era más que un modelo mediante el que intentar entender el mundo, y que elevarlas a nada más que eso era convertirlas en una mera creencia y pervertir por completo la razón por la que las habíamos creado. Me dijo que estábamos de pie en los hombros de gigantes, de cientos de científicos que habían contribuido al conocimiento humano, y que reducir este conocimiento a mero panfleto o a colección de versículos era un acto simplemente criminal. Este señor, por cierto, era el condecoradísimo y excelentísimo rector de la Facultad de Ciencias, y mentiría si no dijese que sus palabras no tuvieron un efecto perturbador en mi concepción del mundo.
Realmente aún era un niño que apenas había vivido, y como tal no pude entender a qué se refería el señor rector. Tarde mucho en conocer a los sacerdotes de la ciencia, pero fue entonces cuando las palabras del rector por fin encajaron. Muchos de ellos habían abrazado el racionalismo y el método científico como violenta oposición a la religión cristiana que había imperado en sus vidas, algunos de una manera enfermiza que me recordaba incómodamente al desdén que había visto en la iglesia hacia los no creyentes. Todos ellos eran en cierto modo disminuidos, casi personas, incapaces de ver el mundo sin otro cristal que no fuese el hipotético-deductivo al que habían dedicado sus vidas, incapaces de ver el arte o la belleza más allá de la supersimetría o del equilibrio matemático. Ignoraban todo aquello que no pudiese ser demostrable empíricamente y con ello ignoraban gran parte de la existencia humana. Todos ellos, en el fondo, eran presa del intelectualismo como método de departamentalización: la creencia en ser parte de una élite inalcanzable en lugar de la creencia en la necesidad de ampliar los límites de dicha élite educando y enseñando.
Estas personas me confundían mucho. Ellos, que habían terminado sus estudios, me parecían mucho más capacitados para decidir qué era la ciencia que yo (y aún ahora les veo entornando los ojos y diciendo "la ciencia es lo que es", como quien dice "alea jacta est" o "Dios proveerá"). No los podía diferenciar de los sacerdotes que había tenido que sufrir de niño y aquello me aterró. Perdí un poco el norte, no os voy a mentir: durante un tiempo realicé rituales mágicos sobre glifos, utilicé energía tántrica para cargar conjuros y me empapé de las filosofías más marginales que pude encontrar, cambiando toda mi perspectiva sobre el mundo cada pocos días. Era lo único que parecía tener sentido: no podía seguir adelante sin tener un modelo, una brújula, y no la encontraba. No todo fue tan extremo, por supuesto: aprendí a hablar con la gente y a disfrutar del arte y descubrí con humildad lo mucho que esos ídolos pop de mi juventud le habían dado al mundo. Tras atravesar ese terrorífico crisol por fin pude alcanzar mi modelo del mundo actual, que me gustaría decir que es equilibrado pero que probablemente sea más bien esquizofrénico: aún tengo a la razón como mi guía, aún confío en una visión científica del mundo, pero intento evitar que me impida detenerme a ver la belleza de lo irracional y, sobre todo, intento evitar que me haga creerme superior a nadie.
Fallo a menudo.
3 dic 2013
Generación Espinete
Dado que Alberto Olmos nunca me envió su cuestionario, probablemente porque ni he sido publicado ni tengo ninguna novela en preparación, me encontraba sumido en una profunda depresión y considerando ponerle fin a todo. Por suerte, el siempre bondadoso Hugo Izarra tuvo a bien pasarme el cuestionario que a él le había llegado. Aquí lo tenéis, en rigurosa exclusiva.
DAVID VILLARREAL (Zaragoza, 1980) es escritor, ujier, jefe de mantenimiento y tiene comenzadas tres carreras universitarias distintas. Un auténtico hombre del Renacimiento. Ha escrito una novela de la que prefiere no hablar porque le resulta doloroso. En la actualidad vive en Estados Unidos, por lo que es mejor que tú.
¿Fumador?
Teniendo en cuenta que fumar casi me mata me parece de muy mal gusto que me preguntes por ello, Alberto.
Primeras lecturas (infancia):
Mortadelo y Filemón, por supuesto. Después libros de Los Cinco y el Manifiesto del Partido Comunista.
Uno de los libros de este año (uno nacional y otro extranjero):
A mí es que en la Feria del Libro ya no me dejan entrar así que, ¿dónde quiere usted que encuentre yo libros de este año?
¿Alguna manía o autoimposición a la hora de escribir?
No haber bebido más de tres whiskeys. Y sí, whiskeys se escribe así. Vivo en Estados Unidos: sé de lo que hablo.
Un mecanismo/una estrategia contra los bloqueos creativos:
Beber más de tres whiskeys.
Un deseo y una promesa.
Yo nunca prometo nada porque luego te lo exigen y es un coñazo. Y para deseos ya tengo mi wishlist de iTunes.
Te inspira…
El dulce sonido del costillar de un niño cuando se rompe en miríadas de fragmentos al chocar contra el parachoques de un autobús urbano. Especialmente si tiene mucho cartílago. Me encanta el cartílago.
Si hubiera un nexo, un eslabón que una tu obra hasta la fecha, ¿cuál sería?
Que no me estaba masturbando mientras lo escribía.
En tu caso, escribir es sinónimo de…/supone…
¿En mi caso? De no comerme un colín.
Un escritor (o una novela/relato/ensayo/poemario) que te haya marcado profundamente. ¿En qué sentido?
Cormac McCarthy. En el sentido de querer estar vomitando bilis durante una semana, y si no entiendes que lo digo como halago es que eres de esos que pide el Nobel para Murakami. No menciono a Vonnegut porque ya lo ha hecho Izarra y no hay espacio para tantos fans de Vonnegut en Internet, forastero.
Cuando enciendes la tele es para…
Ver películas viejas. No tenemos contratado cable porque es muy burgués y porque queremos comer todos los días.
Inventa un nombre para este “nuevos narradores españoles 1980-1989” (no tanto como vínculo literario –porque no existe una corriente- como cultural en un sentido más amplio). Te sientes la Generación…
Generación Espinete, de Hugo Izarra. Si poder usar ese nombre es la razón por la que estoy haciendo esta chorrada, hombre.
¿Cuántos libros tienes ahora mismo sobre la mesilla (empezados o pendientes)?
Tengo Good Omens, de Gaiman y Pratchett; no es mío, es de mi mujer, pero está en mi mesilla, así que cuenta.
Una librería, un bar y una cafetería.
Una caña y un café.
A la hora de escribir, ¿eres más nocturno o diurno?
Soy más bien tirando a gilipollas.
Aquello del “bookcrossing”… Juguemos. ¿Qué libro escogerías y dónde lo dejarías?
Dejaría algo de Orhan Pamuk en una residencia de ancianos, porque me hace mucha gracia ver cómo los abuelos pronuncian nombres raros.
¿Cuándo te dijiste (si es que lo has hecho) a ti mismo… “soy escritor” o “soy autor”?
Una vez que escribí una cosa.
En tu Madrid diario hay…
Mira, la verdad es que me gusta pensar en lo que el Comando Madrid de Homo Velamine hace todos los días. A menudo me imagino a Luis acariciando su rifle y mirando por la ventana pensativamente, y sonrío.
Una joya de tu biblioteca personal:
Un cuaderno donde mis amigos y yo escribíamos las cosas que acontecían cada vez que quedábamos en casa de Fernando y Alberto para emborracharnos. Es como On The Road pero sin movernos del Barrio de la Almozara.
Lo más “jodido” de ser un autor joven:
Esas comillitas alrededor de jodido me la están poniendo durísima.
Como ciudadano madrileño, te alarma sobre todo:
Primero: no soy madrileño. Segundo, me acabo de dar cuenta de que no me llamas de usted y me estoy ofendiendo. Que soy autor.
Tu cuenta en Twitter (o Facebook):
@Biyu
Nos recomiendas seguir a…
Cristo. Siempre a Cristo.
Háblanos de ese puñado de sensaciones al ver publicado tu primer libro:
Mira, payaso. Mi primera novela fue un experimento. Comencé a publicarla online, a razón de una página por día, y estaba funcionando bastante bien. Entonces mi ordenador decidió montar una intifada y entre los daños materiales se encontraban 75 páginas a espacio simple. Así que la novela quedó apenas comenzada y a mí me quedó un malestar interno que aún me dura. Así que cambia de tema ya.
¿Y en qué estás ahora? ¿Nos adelantas algo?
Pues estoy en la cama, disfrutando de la cálida mañana de Florida con mi ordenador portátil sobre las piernas y escribiendo una entrada inaugural para un blog que pretendía ser algo más serio que los anteriores y que seguramente sea otro stillbirth. Nacido muerto. ¿He mencionado que vivo en Estados Unidos?
DAVID VILLARREAL (Zaragoza, 1980) es escritor, ujier, jefe de mantenimiento y tiene comenzadas tres carreras universitarias distintas. Un auténtico hombre del Renacimiento. Ha escrito una novela de la que prefiere no hablar porque le resulta doloroso. En la actualidad vive en Estados Unidos, por lo que es mejor que tú.
¿Fumador?
Teniendo en cuenta que fumar casi me mata me parece de muy mal gusto que me preguntes por ello, Alberto.
Primeras lecturas (infancia):
Mortadelo y Filemón, por supuesto. Después libros de Los Cinco y el Manifiesto del Partido Comunista.
Uno de los libros de este año (uno nacional y otro extranjero):
A mí es que en la Feria del Libro ya no me dejan entrar así que, ¿dónde quiere usted que encuentre yo libros de este año?
¿Alguna manía o autoimposición a la hora de escribir?
No haber bebido más de tres whiskeys. Y sí, whiskeys se escribe así. Vivo en Estados Unidos: sé de lo que hablo.
Un mecanismo/una estrategia contra los bloqueos creativos:
Beber más de tres whiskeys.
Un deseo y una promesa.
Yo nunca prometo nada porque luego te lo exigen y es un coñazo. Y para deseos ya tengo mi wishlist de iTunes.
Te inspira…
El dulce sonido del costillar de un niño cuando se rompe en miríadas de fragmentos al chocar contra el parachoques de un autobús urbano. Especialmente si tiene mucho cartílago. Me encanta el cartílago.
Si hubiera un nexo, un eslabón que una tu obra hasta la fecha, ¿cuál sería?
Que no me estaba masturbando mientras lo escribía.
En tu caso, escribir es sinónimo de…/supone…
¿En mi caso? De no comerme un colín.
Un escritor (o una novela/relato/ensayo/poemario) que te haya marcado profundamente. ¿En qué sentido?
Cormac McCarthy. En el sentido de querer estar vomitando bilis durante una semana, y si no entiendes que lo digo como halago es que eres de esos que pide el Nobel para Murakami. No menciono a Vonnegut porque ya lo ha hecho Izarra y no hay espacio para tantos fans de Vonnegut en Internet, forastero.
Cuando enciendes la tele es para…
Ver películas viejas. No tenemos contratado cable porque es muy burgués y porque queremos comer todos los días.
Inventa un nombre para este “nuevos narradores españoles 1980-1989” (no tanto como vínculo literario –porque no existe una corriente- como cultural en un sentido más amplio). Te sientes la Generación…
Generación Espinete, de Hugo Izarra. Si poder usar ese nombre es la razón por la que estoy haciendo esta chorrada, hombre.
¿Cuántos libros tienes ahora mismo sobre la mesilla (empezados o pendientes)?
Tengo Good Omens, de Gaiman y Pratchett; no es mío, es de mi mujer, pero está en mi mesilla, así que cuenta.
Una librería, un bar y una cafetería.
Una caña y un café.
A la hora de escribir, ¿eres más nocturno o diurno?
Soy más bien tirando a gilipollas.
Aquello del “bookcrossing”… Juguemos. ¿Qué libro escogerías y dónde lo dejarías?
Dejaría algo de Orhan Pamuk en una residencia de ancianos, porque me hace mucha gracia ver cómo los abuelos pronuncian nombres raros.
¿Cuándo te dijiste (si es que lo has hecho) a ti mismo… “soy escritor” o “soy autor”?
Una vez que escribí una cosa.
En tu Madrid diario hay…
Mira, la verdad es que me gusta pensar en lo que el Comando Madrid de Homo Velamine hace todos los días. A menudo me imagino a Luis acariciando su rifle y mirando por la ventana pensativamente, y sonrío.
Una joya de tu biblioteca personal:
Un cuaderno donde mis amigos y yo escribíamos las cosas que acontecían cada vez que quedábamos en casa de Fernando y Alberto para emborracharnos. Es como On The Road pero sin movernos del Barrio de la Almozara.
Lo más “jodido” de ser un autor joven:
Esas comillitas alrededor de jodido me la están poniendo durísima.
Como ciudadano madrileño, te alarma sobre todo:
Primero: no soy madrileño. Segundo, me acabo de dar cuenta de que no me llamas de usted y me estoy ofendiendo. Que soy autor.
Tu cuenta en Twitter (o Facebook):
@Biyu
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Cristo. Siempre a Cristo.
Háblanos de ese puñado de sensaciones al ver publicado tu primer libro:
Mira, payaso. Mi primera novela fue un experimento. Comencé a publicarla online, a razón de una página por día, y estaba funcionando bastante bien. Entonces mi ordenador decidió montar una intifada y entre los daños materiales se encontraban 75 páginas a espacio simple. Así que la novela quedó apenas comenzada y a mí me quedó un malestar interno que aún me dura. Así que cambia de tema ya.
¿Y en qué estás ahora? ¿Nos adelantas algo?
Pues estoy en la cama, disfrutando de la cálida mañana de Florida con mi ordenador portátil sobre las piernas y escribiendo una entrada inaugural para un blog que pretendía ser algo más serio que los anteriores y que seguramente sea otro stillbirth. Nacido muerto. ¿He mencionado que vivo en Estados Unidos?
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